En el instituto yo tenía todos los complementos indispensables en uno de los suyos: los adeptos de Silvio. No me faltaba la larga falda hippy, el pelo deliberadamente descuidado, la guitarra al hombro ni los ojos de boba al escuchar una de sus canciones que por aquel entonces no del todo entendía. Ansiaba ir a Cuba sólo por tocarlo como si fuese el escurridizo paso de la Virgen del Rocío. Nos parecía hasta guapo sin haber fumado nada.

Sobre decir que desde entonces la discografía de Silvio Rodríguez ha puesto banda sonora a los momentos más señalados de mi vida.

Hace unos meses por fin pude intuir su presencia y digo intuir porque la experiencia, a pesar del dineral que costaba, prácticamente se quedó en eso, en una especie de abdución para las privilegiadas criaturitas que llegaron a verlo en primera fila. Todo hay que decirlo, yo no había comprado precisamente las entradas más costosas porque tampoco aspiraba a adivinar su marca de desodorante; inocente de mi pensaba que el compañero marxista no se iba a olvidar de los de las últimas filas. Porca miseria!!!

Ni la operación de miopía me sirvió de algo más que para intuir su alopecia galopante debajo de la gorrita que se calzó. La organización, preocupada por hacer caja con tanto hippy nostálgico suelto, ni siquiera había previsto una mísera pantalla consuelo de cegatos. Fue como el Espíritu Santo. Mis compañeros más pudientes de las primeras filas, que ya deajban ver en el instituto el hippy de salón que acabarían siendo, aseguran que él estuvo allí pero a mí nadie puede asegurarme que no nos dieran el cantazo con un primo suyo que cobrase menos caché. Una vez vuelta a casa puse por fin "El unicornio azul" que él no quiso cantarnos a pesar de nuestros gritos desaforados y tuve por cierto que acaso los verdaderos perros verdes se hubieran quedado en casa escuchando a un Silvio en zapatillas que nunca ha necesitado pedestales.