Yo no quería tampoco este año ponerme la horrible blusa de puntillas regalo de la tía Virtudes ni pintarme los labios para deglutir este pavo embalsamado de todas las Nochebuenas. Nobleza obliga. Quedan pocos minutos para que comience la función principal y mamá se pasea supervisando el escenario y recordando a cada uno su papel. A ella le ha tocado, por elección propia o jugarreta del destino, el de asistente de vuelo sin derecho a silla. Se comerá frío el primer plato como todos los años por no querer conculcar la ley no escrita de las cenicientas sin zapato de cristal.
Tengo unos minutos para deleitarme con la espléndida visión de un campo de batalla expedito que acabará a eso de la misa del gallo con resaca de niños malcriados por los padres, platos a medio acabar que nos dirán su adiós definitivo con las rebajas de Enero y papeles de regalo cuidadosamente doblados para otra vez, ( como dice mi hermano Joaquín, el reciclaje ya lo inventamos nosotros antes que el ayuntamiento). De un momento a otro nos aturdirá el salón el vozarrón del primo segundo eternamente roto por sus amaneceres etílicos que viene a casa todas las navidades como los anuncios de juguetes y se gana la media pensión con la consabida flor de Pascua que siempre se acaba muriendo.
Papá ya debe estar nervioso, detrás de sus bifocales, viendo de antemano sentados en su sillón a la odiosa suegra (que siempre tiene la frase preparada para impactar en su duodeno) y a su cuñadito el incolocable, que acabará buscándose una novia del este por internet que le haga olvidar su currículum de novias que no llegaron a serlo. Le gustan a mi padre este tipo de encuentros amañados tan poco como a mí y ya nos tiene acostumbrados a sus mutis por el foro con la excusa de un catarro. Milagrosamente, y por efecto del champán de oferta, a eso de las nueve de mañana del día siguiente deja la tos hasta la próxima ocasión señalada, digamos más o menos para el próximo paseo que venga a coincidir con un partido. La objeción de conciencia la patentó mi padre el día en que decidió que bajar por el pan es una ofensa a su testosterona y, hay que reconocer, que el truco ya se va eternizando y lo va a ir legando de generación en generación el día que tenga un nieto con el que sabotearnos.
El año que viene, si es que alguna vez me dejan hacer de matriarca (que no creo), celebramos el discurso del rey y la llegada del obeso del pijama rojo en un restaurante chino. Barra libre de bicarbonato. Ya nos veo: todos con nuestros palillos salpicando al de enfrente, la prima Lola contándonos por enésima de qué color ha elegido su nueva cocina y aquellos señores tan amables sonriendo continuamente delante del licor con el gusano. Dónde va a parar. Un año sin competiciones entre cuñadas por ver quién adorna mejor la mesa, sin escuchar conversaciones odiosas sobre el deporte más sobrevalorado y lo peor, los terribles vídeos eternos de las bodas de las vecinas para atragantarnos los turrones (quien haya visitado a una parejita reciencasada puede dar fe del miedo aterrador que nos paraliza cuando los vemos sacar el lujoso maletín de fotos interminables o poner en marcha el dvd para mostrarnos cuánta pasta han derrochado).
Ya estoy viendo a las primas políticas sin que haya sonado el timbre exhibiendo pechuga envueltas en sus drapeados “sencillos a la par que elegantes” del brazo de nuestros prudentes primos sufridores en casas ajenas y propias. Tengo para mí que cuando se acerca un bodorrio de esos a los que son tan aficionadas para pasear a sus pequeños envueltos entre encajes como nuevos rollitos de primavera les diseñan a sus pobres maridos el atuendo con el catálogo de unos grandes almacenes. Yo creo que los meten completitos en la plancha profesional y hasta les borran las incipientes arrugas para que no desentonen con su peinado de peluquería (hay gente que vive para imaginar que llevan a un paparazzi pegado permanentemente a sus faldas y no saben lo que es exhibir las ojeras para ir por el periódico).Mis primas las postizas (nada más que por arte de un libro de familia las hubiera elegido voluntariamente para tomar con ellas el té de las cinco) sólo
hablan de nutritivas e hidratantes carísimas que les dejan el rostro como si lo hubieran refregado por una bandeja de pollo asado (cuando uno se acerca a una bola de navidad y puede reflejarse en ella yo siempre imagino alguna de sus facciones de esfinge). Si traen a los niños a casa (ellas son carne de niñera polaca que los enseñe primero a maldecir en un arameo incomprensible) los sujetan del codo como quien lleva de la cadena a los ciento un dálmatas en pleno. Son para ellas un complemento más que añadir al bolso, un signo de pedigree que justifique su inutilidad en la vida, una perversión de la onomástica con sus nombres compuestos que nadie recuerda del todo (quién fuera infanta).
Suena el teléfono y vuelve a ser la vecina. Como todos los 24. Este año ha tirado el préstamo por la ventana y le ha dado por alquilar sillas como en los banquetes de medio pelo (las patatas de oferta y la ensaladilla mortecina ya la pone ella, experta en salmonelosis colectiva). Otro año más comparando con mamá su menú despampanante al que seguirá un enero de trapense y dieta del agua del tiempo ( mi vecina Dolores debe ser de las pocas incautas que crean que los menús con espumillones de las revistas pretenciosas están hechos para un estómago humano de medio saque). Cambiamos langostinos medianos por patas rusas de exposición, marchando una de carne a las tres pimientas frente a un besugo con los morritos fruncidos a lo Jagger. Resultado provisional hasta la cena de nochevieja, o segundo tiempo,goleada de mi madre con sus gambones con gabardina que parecen escapados de la película de Casablanca (mañana mismo le sube mamá un tuperware que hará saltar las lágrimas de su prole adoradora de los fritos de temporada).
Se van acercando los minutos y ya me sobrevuela sobre los morros mi cara de sosa oficial en la categoría de hermanos de sangre. Inútil pedir otro atrezzo a estas alturas del largometraje. Un día te colocan la máscara veneciana de la hermana de los comentarios eruditos y ya sabes que no puedes compartirla con la de contadora de chistes, tocadora mayor de pandereta o prima formadora de trifulcas. Ya puedes escribir previamente un monólogo de club de la comedia. Nadie va querer mirar por debajo de tus gafas para descubrir a una nueva Eva Hache. Las letras del alfabeto son como los sillones de la RAE, no puedes elegirlas. La gente se verá obligada a hablarte de política, deterioro medioambiental o viajes alejados de japoneses y tendrás que guardar para otra ocasión (cuando bajes a la calle y vuelvas a ser lo que escondes ) el último chiste de la Pantoja confesa y mártir. Que el director que adjudicó los papeles en vuestro génesis consangüíneo no es ningún Almodóvar flexible ante los cambios de guión a la secuencia número cincuenta. Pon cara de Museo del Prado, recuerda las conversaciones banales del desayuno en el curro y confía en la velocidad de tu madre sirviendo platos que para sí la quisiera la pizzería de la avenida y sus niñatos sin sangre con las funciones vitales al mínimo.




jajaja
Muy bueno¡¡
Muy divertido, pero desde mi nostalgia te digo quedisfrutes de todo ese follón, el tiempo cambiará todo y quizá hasta lo añores...
Besos