Los amigos que cambiaban sus cromos conmigo en los recreos hoy suenan los mocos a su hijos llorones y me dicen "por lo más sagrado" que viaje, que me compre un perro, que me enrole en una secta. Tienen ojeras de meses y podrían repetir de memoria los absurdos diálogos de las películas de Disney como quien recita el padrenuestro. Juran y perjuran que nunca existirán academias donde enseñen a poner pañales a la vez que se prepara un potito. Cuando contemplo las fotos de sus bautizos nunca encuentro en ellos una puesta en escena de infanta deportista sembrada de niños clónicos inodoros que hagan juego con los muebles.

Su vida es desde entonces puro zafarrancho.

Un día ponen el telediario buscando alguna guerra lejana para consolarse y, lo que son las cosas, las noticias los sacuden con el club de la comedia: señores hay que ponerse por Dios, la patria y el rey a sembrar España de sillitas de bebé como si fuera SONRISAS Y LÁGRIMAS. Quién fuera Mia Farrow para asistir a clases de yoga que te ayuden a sobrellevar los llantos de una prole tan colorida como una caja de Plastidecor que se lanza cuchillos de faquir en la república ¿independiente? de tu casa de 60 metros.

Los amigos que cambiaban sus cromos conmigo en los recreos dejaron hace tiempo de jugar a los papás y las mamás en el albero y se han propuesto para el año que entra quitarse de la tele: tienen miedo a ser llamados a filas y a no poder librarse por pies planos.