Leen el periódico a nuestro lado y nos ven discutir con el jefe. Un día verán pasar nuestro cadáver camino del tanatorio y tal vez entonces se pregunten quiénes fuimos. Ellos conocen de antemano la ropa que tenemos en el ropero, si nos cortamos el pelo el sábado pero apenas habrán cruzado cuatro palabras con nosotros que no hablen del tiempo.

Son nuestros compañeros de trabajo. Gente que deambula por los pasillos con las mismas legañas y se observan unos a otros como si fuesen expedientes que no van a tomarse el tiempo de leer. Un día te los encuentras en el cine un domingo y descubres el secreto de sus letras pequeñas, la tragedia de sus dramas vulgares que no enseñan los lunes. Juntos en la colmena cinco días por semana compartís un equipo de fútbol, una lista de tapas apenas unas horas; lo que dura un romance de alcohol de una noche. Si lo supiera el jefe...

No hay nada más hermoso para él que ver a sus hormigas con sus caras de póker dentro del laberinto, tan grises, tan amantes del orden, tan bellamente solas. Primero trajo el bando de una vida sin humos y nunca más hablaron entre horas, después los sepultó con burocráticos martes y no hubo más cafés ni confesiones fuera de las pactadas.

Las fiestas de guardar, por el contrario, el jefe se disfraza de pobre Mr Marshall y se empeña en que suenen los valses, decora los pasillos asépticos convocando al fantasma de las navidades pasadas proclamando la fiesta por decreto, la sal que nos robaron sus informes...Nadie debe faltar en las cenas de fin de temporada para tocar su pandereta.