Te ponen esa bata aséptica

con el culo desnudo

y olvidas lo que fuiste

antes de rellenar el impreso de entrada

de cualquier hospital.

Eres uno de tantos espectros silenciosos

que seguirán horario

hasta para dormirse,

que regirán los días

por el ir y venir de enfermeras

armadas de instrumentos de tortura:

una sonda, tu cepo,

el modo silencioso de robarte

la energía vital.

No hay marca de bombones

que pueda aligerarte el olor

a limpio embotellado,

ningún tubo de ensayo que pueda contener

tus ganas de escaparte.

Sostiene la leyenda urbana,

que hay médicos malsanos

que juegan a cambiar tu esqueleto

por tubos de lavabo,

que regalan tu sangre a vampiros

a modo de presente.

En aquellos momentos

que vuelves a los quince

en las manos de otros,

tan sólo te consuela

que un día, piadosos, te entreguen tus vaqueros,

un alta que celebres delante de un filete

con papas

que en nada te recuerde

al rancho de hospital.