Lo suyo nunca fueron los cantos regionales;

ellos leen suplementos, conocen las añadas

y nunca mancharán sus pies de albero

en una romería.

Cuando llegan las fiestas locales

toman camino opuesto

no sea que un cohete perdido

surque su panteón

tibetano.

Practican diez idiomas

que nunca lograrán dominar

antes que conservar el acento

que oyeron a su madre.

Son intelectuales que ejercen como tales

hasta estando en pijama

cuyos hijos parecen

sacados de formol,

eternos estudiantes de colegios privados

que no tienen amigos en el barrio.

Árboles sin raíces, insulsos condimentos

que nunca alegrarán un menú

con sus caras de acelga

parecen provenir de un linaje

de seres anodinos

que no saben llorar,

que no comen sardinas porque huelen a costa,

que ven codificada la vida por gusto

con tal de no tener

que ir al oculista.