Aquel domingo mi vecina la melindrosa no se quejó por el volumen de nuestra radio, no llamó a los antidisturbios cuando pusimos la lavadora y, lo más sorprendente, no decidió barrer la puerta en el preciso instante en que nos disponíamos a salir. Ya estábamos a punto de convocar una reunión extraordinaria de la comunidad sorprendidos ante su prolongada ausencia del descansillo cuando la realidad más prosaica nos hizo desistir: doña Dolores la tísica había amadrinado a un polaco de abdominales impolutos que había solucionado sin antibióticos sus problemas de oído.