Nada más intuirse en la bolsa del súper, un crepitar de sus estómagos nerviosos los atornilló para siempre. Ella era la leche desnatada más nívea que habían conocido sus ojos y él, un soluble instantáneo que derretiría los jugos gástricos envidiosos de su amiga la entera, aquella grasienta asturiana tan vulgar. Después la historia fue acaso previsible, tal vez anodina, pero no por eso menos heroica.

Una mañana de Marzo, un legañoso lo cambió todo. Desde el interior del envase herméticamente cerrado alcanzó a ver su cucharón amenazante. Una tirada de dados y la unión definitiva. Cerró los ojos y respiró hondamente. Luego se deslizó, confiado, hasta el fondo del tazón de desayuno. Allí abajo, tan desnatada y nívea como la primera vez que la vio, lo esperaba sonriente SU FUTURA ESPOSA.