El archivo primero
guardado por mis dedos ner - vio - sos
sigue en el disco duro del corazón;
no voy a eliminarlo.
Me hacen cos – qui– lli – tas sus errores,
la torpeza manejando el ratón
que es hoy otra falange de mi mano.
Las versiones siguientes
repiten, sin querer, su arquitectura;
estéril simulacro.
Los nombres se suceden en la agenda
como cambia, al crecer, el vestuario.

Olvidados los nombres, los detalles precisos
nos salen al encuentro una mañana
al abrir un archivo.
Las manos han perdido
el tem – blor – ino-cen-te …

PERO SOMOS LOS MISMOS.