(LA DE LA REBECA ROSA SOY YO CON ALGUNAS DE MIS CRIATURITAS DE REFUERZO DE LENGUA DEL CURSO PASADO...ahora ya tienen más bigotillo)

La primera vez que pisé un aula un compañero veterano me dijo aquel lugar común tan recurrente de “claro es que estás empezando…ya verás cuando lleves cinco años como yo”. Sigo sin darle la razón a pesar de dos nódulos. Afortunadamente.

La niña pecosa que jugaba con una tiza robada “por lo bajini” a su maestra, y ponía negativos a sus muñecas puestas en fila, sigue enamorada de esta profesión hasta los
tuétanos pese a que las horas de vuelo acumuladas y las zancadillas de los ociosos se empeñen en hacerla desistir. Tentaciones no faltan.

Ser enseñante, hoy en día, se ha convertido en profesión de riesgo y hay que decirlo con la boquita pequeña para no herir susceptibilidades. La admiración social que despertaban mis profesores y que, por desgracia no he podido disfrutar en carne propia, ha dado paso a un descrédito colectivo que, a la larga, acabará dando su fruto en una generación con demasiada soberbia para ser enseñada. Cuán triste y pequeño no saber reconocer el mérito a quienes tanto nos dieron, a esos currantes que, antes que yo, malgastaron saliva con los hijos de otros.

Un profesor hoy en día –“dice la voz popular”- ya se sabe, no educa; pasea la carpeta mientras los honrados trabajadores se ganan el pan. Un docente celebra vacaciones perpetuas (si el sueldo lo deja, que no creo) y, de vez en cuando, se pasea por el instituto a decir que NO a esas “inocentes criaturitas” que sólo buscan el bien y el aprobado: lo que el común de los mortales llama “alumnos”. No hace falta entender de fútbol para darse cuenta de que la
sociedad nos pide, más que aptitudes, buenos regates además de soberanas dosis de paciencia infinita que para sí quisiera una teleoperadora de Telefónica. Malos tiempos para la lírica, como diría la canción.

Un buen día, de golpe, como se va el frío y los chalecos de lana, se secan los charcos del escepticismo y te levantas nuevamente recordando por qué estás aquí sin poder DÍAS DE LOS ENAMORADOS PARA LOS PROFES QUE NO QUIEREN MORIR EN EL INTENTO. No tienen mes en el calendario ni aparecen en lasevitarlo. Es algo que los predicadores del fin del mundo jamás podrán arrebatarte. La carcajada elevada a la máxima potencia de un grupo de alumnos que se olvida, unos minutos, de que está entre rejas; la ilusión de un poema con tachones y faltas de ortografía deslizado en tu casillero; la suma de vidas ajenas y anécdotas varias que te llevas a tu casa sin pedirlas como deberes. Y es que también existen fiestas locales pero haberlos haylos como las meigas. No salen en las páginas de sucesos porque no son noticia pero borran las arrugas de los días grises y además no hay que pagarlos como los balnearios de aguas termales. Si no existiesen ellos, habría que inventarlos o recetarlos cada quince días por el médico de la mutua. Dicen los que entienden que no hay mayor antidepresivo ni más barato.