Siempre que visito Portugal me resisto a reconocerme en esa costumbre tan española de despreciar al vecino con menor renta per cápita y de ponerle alfombra roja a quienes vienen a lanzarnos sus migajas. Parece que molesta reconocer un acento primo hermano del nuestro y que podamos imitar sin aspavientos de ranchero tejano en viaje de negocios. Recorremos Venecia en "un, dos, tres pollito inglés" y nos convertimos en rapsodas de su decadentismo, de sus calles a medio lavar para acabar concluyendo que Portugal tiene la tristeza de lo pobre y nunca saldrán sus toallas de rizo en un libro de viajes con pedigree. Dónde va a ponerse la ropa tendida del Trastévere frente a unos lugareños tristones que arrastran los pies antes de servirte un humilde bacalao que no va hacer tiritar tu cuenta corriente siquiera...


Tal vez todo tenga su parte de verdad. Yo sólo sé que acabo de volver de patearme el Alentejo y por primera vez en mucho tiempo no encuentro las palabras. A lo mejor esta humilde foto hecha con una cámara que va a pedales os pone sobre la pista de las hormigas en la barriga que me devoran cuando cruzo la frontera.