Cuántas veces nos habremos hecho el harakiri regalando el corazón a alguien que haya sido incapaz de aceptar el regalo o, cuando menos, de estar a la altura de la invitación. A mí me pasó una vez con un aprendiz de pintor, para más inri, daltónico...(tenía que haber ido yo al oculista, sin embargo, pensé después)

Oro viejo en las manos.

Tu paleta no alcanza a encontrar

el azul que tiritan

mis cielos amarillos.