Algunos escarmentados profesores de secundaria entretienen sus minutos malgastados en la facultad en hacer antologías del disparate; otros, sin embargo, hacemos poemas de desahogo antes que cometer un asesinato colectivo cuando uno de nuestros alumnos ( no necesariamente el más lerdo) perjura no conocer a la Leonor machadiana después de llevar dos meses caminando por los campos de Soria. SIEMPRE NOS QUEDARÁ EL COU A LOS QUE TUVIMOS LA SUERTE DE CATARLO

Los chopos machadianos

contienen la sonrisa al escuchar

la última verdad no descubierta

por críticos sesudos.

Es viernes, quinta hora

de una clase cualquiera de la ESO:

bienvenidos, lectores de folios amarillos,

al país de los ciegos.

Un alumno con granos y aparato dental

se ha atrevido a decir

lo que todos callábamos:

la pobre Irma Soriano

nunca nos ha contado

sus charlas clandestinas con Leonor.