LOS NIÑOS QUE ESTRENAMOS ZAPATOS EN UN BARRIO acabamos reconociéndonos unos a otros como quien no puede esconder la marca indeleble de la vacuna de la viruela. Pasan por nosotros la universidad, las barriladas en el césped, los sábados en versión original, las visitas a la aduana para, al final, acabar delatándonos el acento con que pedíamos las pipas al quiosquero, una autóctona manera de disfrutar la calle a pesar de los coches.

Se suceden las renovaciones del carnet de identidad, cambiamos el empadronamiento forzoso por un ático en el centro cuyos vecinos no nos saludan y un día nos descubrimos aguantando la puerta a un extraño que no nos lo va a agradecer como nuestros antiguos vecinos de plazoleta y que, por supuesto, no va a tomarse la molestia de recordar nuestro nombre.

SIN LLEGAR A EXPRESARLO NI DAR COMUNICADOS OFICIALES ALGO NOS DICE ENTONCES QUE ESTAMOS ELABORANDO EN SECRETO UNA ESTRATEGIA PARA VOLVER . AUNQUE NO LO SEPAMOS, TAL VEZ NO NOS HAYAMOS IDO NUNCA…